Título: Utopía Perdida Parte VI
Escritor: Imanol, Jerónimo Thompson (Argumento) y Nerocles (Diálogos y narración)
Portada: Juan Andrés Campos
Fecha de publicación: Diciembre de 2009
[Iron Heights]
Título: ¡El Ataque de los Hombres Halcón!: Capítulo Quinto
Escritor: Jerónimo Thompson
Portada: Roberto Cruz
Fecha de publicación: Diciembre de 2009
La sangre de los inocentes ha salpicado el suelo de Oa... ¿Quién detendrá a las fuerzas invasoras de Thanagar cuando todo parece estar ya perdido?
En el episodio anterior… Hawkman y Hawkwoman caen en una emboscada organizada por el Alto Mor de Thanagar, que concluye con la muerte de Shayera Hol y el encierro de Carter en un laboratorio del Rectorado XII. Mientras tanto, John Stewart inicia un ataque desesperado contra la flota thanagariana que orbita alrededor de Oa, al tiempo que Kyle Rayner se introduce en la Ciudadela de los Guardianes para liberar a Ganthet y al resto de prisioneros allí recluidos. Viendo peligrar su posición en Oa, la capitana Merkan Rad activa un mecanismo que acaba con la vida de todos los Guardianes infantiles, destruyendo una tercera parte de la Ciudadela en el proceso.
La pequeña Lagzia se divertía proyectando imágenes de diversas formas y colores, con la ayuda del transmentat que le había regalado su Comunidad durante la pasada festividad de la cosecha. Su madre, Munni Jah, la observaba distraída desde las escaleras flotantes que subían hasta su hogar de estructura elipsoide, situado a varios metros del suelo sobre una estrecha columna piramidal.
Los flujos de colores generados por el transmentat oscilaban entre los diminutos dedos rosados de la niña, zigzagueando a continuación entre las briznas de hierba de la pradera que se extendía al pie de la casa, para volver rápidamente a sus manos.
La pequeña Lagzia había estado entreteniéndose con estas sencillas creaciones de su mente desde que su padre se marchara a la Ciudad una hora antes, pero aún no mostraba signos de cansancio. Sin embargo, su madre se removió inquieta en el escalón sobre el que reposaba, cuando la niña se incorporó de repente, apretando su cabeza rasurada con ambas manos.
-¿Lagzia? –exclamó Munni con tono preocupado. -¿Estás bien?-.
La pequeña había cerrado los ojos con fuerza, al tiempo que sus proyecciones mentales confluían en un único punto frente a ella, adoptando una forma cada vez más definida. Su madre bajó rápidamente las escaleras, mientras Lagzia comenzaba a gritar desesperadamente, rodeada por las enormes manos sin sustancia de una figura aparentemente humana y de piel muy pálida. Un largo manto de color verde cubría casi por completo el rostro de aquel espectro surgido de la nada, que sin embargo, no lograba ocultar el brillo refulgente de sus ojos.
Cuando Munni Jah llegó por fin hasta su hija, la proyección mental había vuelto a cambiar adoptando la forma de un planeta cubierto casi completamente por el agua, y en el mismo instante en que su madre la rodeaba con los brazos, Lagzia perdió la consciencia derrumbándose sobre ella. El transmentat se desactivó de inmediato, y la niña apenas alcanzó a pronunciar unas pocas palabras antes de sumirse en un profundo estado de sueño:
-Hal... La elección es tuya...-.
La doctora K’mele contempló el devastado sector noreste de la Ciudadela desde una altura de cien metros, suspendida en el interior de la esfera esmeralda que había creado el anillo de Kyle Rayner para protegerla(1). Las densas columnas de polvo ennegrecido que ascendían desde los restos calcinados de aquella zona, sobre la que tan sólo unos minutos antes se habían alzado las torres más altas y orgullosas de la Ciudadela, impedían que la anciana pudiera apreciar en toda su magnitud el alcance de los daños causados por la explosión. No obstante, lo poco que llegó a vislumbrar fue suficiente para hacer palidecer su rostro abundante en arrugas.
La esfera de energía descendió lentamente hacia el suelo cubierto de escombros a través de aquella humareda sofocante, deteniéndose en el punto exacto donde debía encontrarse Kyle Rayner. A continuación, el anillo de poder realizó un escaneo sistemático del área circundante, y tras verificar las lecturas que recibía de su entorno, enunció con su característica voz impersonal:
-Localización del Green Lantern asignado: desconocida-.
-¿Estás seguro? –preguntó la doctora K’mele dirigiéndose al pequeño objeto esmeralda que reposaba en la palma de su mano. –Quizá, bajo todos estos escombros...-.
-Este anillo atiende únicamente a los deseos del Green Lantern asignado. Última orden recibida: “Proteger a la doctora K’mele de los thanagarianos, y volver con Kyle Rayner cuando ella lo indique”(2)-.
La talkoriana trató de ocultar su frustración, mientras buscaba las palabras adecuadas para convencer al anillo de que siguiera activo durante un poco más de tiempo.
-No pretendo decirte cómo tienes que cumplir con tus funciones, anillo, ¿pero no crees que te sería más fácil “volver con Kyle Rayner” si por ejemplo, dispersas toda esta humareda para que pueda ayudarte a encontrarlo con mis propios ojos? Y bueno, si además retiras algunos escombros, de forma que...-.
-La retirada de escombros –contestó el anillo, -podría provocar un derrumbe en los niveles inferiores, que pusiera en peligro la vida de Kyle Rayner si éste se encontrara allí abajo: un riesgo inaceptable, sin una orden directa del Green Lantern asignado-.
La doctora se mordió el labio inferior, reprimiendo la respuesta airada que merecía aquella “cosa” estúpida e insensible. En cambio, se dirigió al anillo con toda la dulzura que fue capaz de fingir:
-Por supuesto... Tienes razón en lo de retirar los escombros, pero... ¿Y lo de despejar todo este polvo para que pueda ayudarte a buscarlo...?-.
El anillo de poder permaneció en silencio durante unos segundos, y entonces, sin añadir una palabra más, creó alrededor de la esfera un gran número de pequeños ventiladores, que hicieron retroceder la humareda hasta formar un perímetro de unos cincuenta metros de diámetro, en cuyo interior la visibilidad era del cien por cien.
El espectáculo que se descubrió frente a la doctora K’mele conforme se dispersaba la nube de polvo y humo, dejó sobrecogida a la talkoriana: a escasos metros de donde se había posado la esfera esmeralda, se abría un cráter de gran tamaño, excavado entre los restos de aquella zona de la Ciudadela; y en el mismo centro de este cráter, una enorme figura de casi cinco metros de altura retiraba escombros a ritmo frenético, sin reparar en la presencia de la recién llegada.
-¿Quién... o qué es eso? –preguntó la anciana con labios temblorosos.
-Defina mejor los términos de su pregunta –se limitó a responder el anillo.
-¡¿Que quién es ese gigante que está cavando delante de nosotros, removiendo todos los malditos escombros?! –gritó la doctora furiosa. -¿Me he expresado ahora con suficiente precisión?-.
-No detecto signos vitales en este área. Sólo un desplazamiento de escombros de origen desconocido-.
-¿Origen descon...? ¿Pero no lo ves? ¡Es una especie de humanoide de tamaño descomunal! No reconozco su raza, pero su piel carece de pigmentación y...-.
-Este anillo ya ha cumplido la última orden recibida. A continuación, pasará a modo inactivo-.
Dicho lo cual, desaparecieron todos los ventiladores que habían despejado la zona, junto con la esfera de energía que rodeaba a la talkoriana. La doctora no supo qué hacer entonces, y se limitó a avanzar lentamente hasta el borde del cráter, para observar con cautela el avance de la excavación, mientras fragmentos de piedra, cristal y plástico vitrificado volaban sobre su cabeza, lanzados por el impulsivo gigante.
Un par de minutos después, el Espectro (pues no era otra la identidad de aquella figura pálida, cubierta por un manto de color verde) se detuvo bruscamente, y con una delicadeza que contrastaba con el frenesí con que había acometido su labor de desescombro, recogió los cuerpos inertes de Ganthet y Kyle.
-No... –susurró la doctora K’mele temiéndose lo peor. Un susurro apenas audible, que sin embargo llegó hasta los oídos del Espíritu de la Venganza, y le hizo girarse lentamente hacia ella.
El Espectro depositó al Guardián y al Green Lantern a los pies de la anciana; y ésta, a pesar del terror que la sobrecogió al verse cara a cara con aquel ser de pesadilla, pudo advertir que ambos cuerpos se encontraban rodeados por un aura esmeralda que se desvaneció al tocar el suelo. Entonces, habló el Espectro:
-Ganthet ha salvado sus vidas al invertir sus últimas fuerzas en crear un campo energético que les protegiera de la explosión. Permanecerá inconsciente durante varios días, mientras su cuerpo se recupera de todo el esfuerzo realizado. Kyle, sin embargo, volverá en sí dentro de unos minutos. Cuida de ellos-.
-Pero... –acertó a decir la doctora. -¿Quién eres? ¿Y qué sabes de todo esto?-.
El Espectro recibió aquellas preguntas como si de golpes físicos se tratara. Y desvaneciéndose en el aire, respondió:
-Yo... sé más de lo que quisiera saber... Fui el responsable de que la sangre de los Guardianes salpicara el suelo de este planeta por primera vez... Y también quien vengará esta segunda-.
La imagen en tres dimensiones que reproducía el rostro del comandante de la flota thanagariana en Oa observaba a la capitana Merkan Rad con dureza. Se trataba de un militar de la vieja escuela, con una enorme cicatriz que cruzaba su cara desde la oreja izquierda hasta más allá de la sién derecha. Su tez ligeramente enrojecida mostraba con claridad la intensa cólera que bullía en su interior:
-¿Se da cuenta de lo que ha hecho, capitana? –dijo el comandante con voz entrecortada, debido a las fluctuaciones de energía que aún sacudían aquella zona de la Ciudadela tras la terrrible explosión.
-Me doy cuenta de que era lo único que podía hacer, comandante. Nos enfrentábamos al ataque coordinado de al menos dos Green Lanterns, y era sólo cuestión de minutos que el portador del anillo que se encontraba aquí, en la superfie del planeta, estuviera en disposición de liberar a los Guardianes del Universo-.
-¡Estupideces! –gritó su superior. -En primer lugar: es “sólo cuestión de minutos” que eliminemos al Green Lantern que ha cometido la temeridad de atacar a nuestra flota en solitario; y aunque es cierto que ha causado más daños de lo que hubiera sido deseable, su aparición nunca ha supuesto un peligro para la misión-.
El militar thanagariano hizo una breve pausa en su airada disertación, mientras estudiaba el rostro impertérrito de la capitana Rad.
-En segundo lugar: su equipo, y usted como principal responsable del asalto a la Ciudadela, fracasaron en su cometido al permitir que ese Green Lantern que han localizado ahí abajo lograra introducirse en el área asegurada, e incluso tuviera la oportunidad de liberar a los Guardianes del Universo-.
-Con el debido respeto, comandante –masticó más que pronunció la capitana. –Si el Alto Mor hubiera aprobado el envío de soldados que solicité cuando...-.
-¡No se atreva a culparnos a nosotros de su fracaso, capitana! El Alto Mor depositó en usted una confianza sin duda inmerecida, y ahora, es mi flota la que tiene que responsabilizarse de mantener nuestra posición en Oa, sin la valiosa baza que suponía contar con los Guardianes del Universo como rehenes. ¿Qué impedirá a los aliados que tiene Oa, por ejemplo en la Tierra, atacarnos ahora que no disfrutamos de esa ventaja? ¿La vida de un puñado de científicos que no importan a nadie(3)? ¡Se da cuenta de lo que ha hecho, capitana Rad! ¡Puede dar por seguro que la llevaré frente a un Consejo de Guerra cuando todo esto acabe! ¡Y por los Siete Demonios qu...!-.
El rostro del comandante de la flota se desvaneció entonces en el aire. Tan repentinamente como se desconectaron todos los sistemas electrónicos dispuestos por los thanagarianos en aquel gimnasio reconvertido en sala de control, y al mismo tiempo, se interrumpió el suministro de energía que recibía aquel edificio de la Ciudadela.
El grupo de técnicos que hasta ese momento había estado tratando de relocalizar el anillo de poder de Kyle Rayner (aunque bien es cierto que estaban dedicando más atención a las palabras del comandante que a sus propios monitores), se volvió hacia su capitana buscando una respuesta para el inesperado apagón. La sala entera se había sumido de repente en la penumbra, disponiendo únicamente de la luz exterior que les llegaba a través de unos estrechos ventanales colocados junto al techo de la estancia, a varios metros por encima de sus cabezas.
-¿Sargento? –indagó Merkan Rad, aún aturdida por las amenazantes últimas palabras de su superior.
-No sé qué ha ocurrido, capitana –respondió su segundo con gesto de confusión. –Quizá una sobrecarga tardía de las líneas por efecto de la explosión...-.
-Pero... –se atrevió a añadir uno de los técnicos. –La mayor parte de nuestro equipo es autosuficiente, y no depende en modo alguno del suministro energético de la Ciudadela...-.
-¡Ouch! –exclamó entonces el sargento, frotándose el brazo derecho con rapidez.
-¿Qué? –preguntó la capitana.
Pero antes de que ésta llegara a recibir su respuesta, un par de técnicos thanagarianos lanzaron también breves exclamaciones de dolor, al tiempo que apretaban con fuerza diferentes partes de su cuerpo. Y a estos dos les siguieron tres más, que en pocos segundos se vieron acompañados por todos los demás miembros del grupo. Mientras tanto, el sargento ya se había derrumbado sobre sus rodillas, con ambas manos hundidas en el abdomen.
-¿Pero qué...? –susurró Merkan Rad. Y entonces, palideciendo de forma ostensible, retrocedió varios pasos, y cubrió su rostro con la mano derecha: -¡Nos están atacando!-.
Sintiendo que su vida corría peligro en aquella sala, posiblemente contaminada por algún tipo de agente químico o biológico, la capitana recogió de forma apresurada el casco alado que había dejado sobre una pequeña mesa flotante, y colocándoselo rápidamente, salió de inmediato por el acceso que le quedaba más próximo. Los filtros automáticos de su casco se activaron tan pronto como ella se lo ajustó sobre la cabeza, haciéndole posible respirar aire purificado mientras corría ya por el estrecho vestuario sin iluminar que quedaba al otro lado, en dirección a la puerta que le permitiría salir del edificio. Lo que no pudo filtrar el casco fueron los gritos desgarrados de sus hombres, que parecían estar sufriendo la más terrible de las agonías en aquella sala que dejaba atrás.
Al alcanzar el extremo opuesto del vestuario, la capitana Rad palpó a ciegas el lado izquierdo de la puerta, tratando de activar su mecanismo de apertura. Sin embargo, cuando por fin lo encontró, y presionó varias veces sin obtener resultado, comprendió que el sistema electrónico que controlaba aquel acceso también había caído tras el apagón.
Consciente de la desesperada situación en la que se encontraba, la capitana apoyó su espalda contra la puerta bloqueada, y tomando dos armas que colgaban de su cinto, trazó un arco de 180 grados con ellas, a la espera de que sus enemigos, probablemente ocultos en aquella inquietante oscuridad, la atacaran. ¿Más Green Lanterns?, pensó. Lo dudaba: aquellos mojigatos nunca hubieran matado a sangre fría a sus hombres, como esos atacantes parecían haber hecho. Pero entonces... ¿Quién?
-Tus armas no te servirán de nada contra mí, Merkan Rad –dijo una voz profundamente grave que la thanagariana fue incapaz de localizar, y mucho menos de reconocer.
-¿Quién eres? –preguntó con poco interés en conocer la respuesta; lo único que pretendía era que aquel bastardo siguiera hablando el tiempo suficiente para que ella pudiera situarlo, y acabar con él de una certera descarga láser.
-Soy la voz de los muertos, Merkan. El grito vengador de los Guardianes caídos, que os hará pagar todas las atrocidades cometidas por Thanagar. Soy la llama que consumirá vuestros delirios de poder desmedido.Yo... soy tu muerte-.
La capitana movía frenéticamente sus armas de un lado para otro, tratando de fijar una diana precisa, pero la voz de aquel intruso parecía llegarle desde todos los rincones del vestuario.
-¿Estás preparada para responder por tus actos, Merkan? –concluyó el Espectro, a la vez que mostraba sus ojos como dos pequeñas estrellas binarias suspendidas en la densa oscuridad de la estancia.
La capitana Rad disparó varias descargas láser con sus armas, que tomando la posición de aquellos dos puntos de luz como referencia, barrieron el lugar exacto donde debía encontrarse su enemigo. Y cuando supuso que ya debía de haber acabado con él, volvió a lanzar varias series de descargas adicionales para asegurarse.
Los ojos del Espectro, por su parte, no se movieron del sitio donde habían aparecido. De hecho, apenas unos segundos más tarde, en el silencio ominoso que siguió al tremendo despliegue armamentístico realizado por la thanagariana, aquellos puntos de luz marcaron el lugar exacto de donde surgiría el Espíritu de la Venganza: al extenderse por todo el vestuario una difusa luz esmeralda de origen indeterminado, el Espectro se mostró ante ella envuelto en su pesado manto de color verde oscuro.
Merkan Rad se supo condenada en el mismo instante en que sus ojos lo contemplaron. Y seguidamente, pronunció sus últimas palabras:
-Me ordenaron que ocupara la Ciudadela de los Guardianes en Oa, y así lo hice. Me ordenaron que mantuviera nuestra posición aquí, y así traté de hacerlo. Sólo he cumplido con mi deber de militar-.
A continuación, la capitana Rad empezó a sentir fuertes punzadas en brazos y piernas, que rápidamente crecieron en número e intensidad hasta lacerar todo su cuerpo. Cuando los pequeños gusanos se abrieron paso a través de su piel para salir al exterior, sus gritos pusieron de manifiesto el mismo tormento que ya habían sufrido sus hombres en la sala contigua.
Para entonces, sin embargo, el Espectro ya se había ido.
Al abrir de nuevo los ojos, John Stewart observó que el navío de guerra thanagariano que ocupaba ya todo su campo de visión, parecía flotar a la deriva. Un comportamiento insólito, sin duda, que contrastaba poderosamente con la determinación que había mostrado hasta ese momento la flota que orbitaba Oa, en su intento de acabar con la vida del Green Lantern.
El combate que había tenido lugar durante la última hora había puesto al límite tanto el poder del anillo como la voluntad de John, y aunque fueron muchas las naves que resultaron dañadas al enfrentarse al Green Lantern, su gran número había terminado por doblegarle.
De esta manera, cuando John Stewart, con el brazo derecho roto y una preocupante perforación en el pulmón izquierdo, vio avanzar hacia él a uno de los mayores destructores de la flota, se limitó a cerrar los ojos y prepararse para la batalla final.
Sin embargo...
El destructor parecía moverse ahora por inercia, sin una dirección definida. Y John Stewart, al girarse a ambos lados y estudiar detenidamente a las restantes naves de la flota que habían esperado la actuación del navío de guerra para unirse de nuevo al combate, observó en ellas el mismo desplazamiento errático que mostraba ahora su “hermano mayor”.
-¿Pero qué está ocurriendo? –murmuró para sí, decidido a repetirle la misma pregunta a su anillo para que iniciara un análisis completo de la situación.
-Todo ha terminado, John –se adelantó una voz familiar que escuchó justo a su espalda. Al volverse, por supuesto, fue al Espectro a quién encontró.
-¡Hal! –exclamó el Green Lantern. -¿Has venido a ayudarnos?-.
-No, John. He venido a vengaros. Y si ha habido un día en esta segunda “vida” que me fue dada en el que he estado más lejos de ser Hal, ese día es hoy-.
-No te entiendo...-.
-Los Guardianes del Universo han muerto. Sólo Ganthet ha sobrevivido a la masacre. Y el renacer de todo lo que fue destruido por mi mano, el nuevo comienzo que hizo posible Kyle Rayner(4), se ha malogrado para siempre-.
-¿Los Guardianes? ¿Muertos? –preguntó John Stewart con sorpresa, olvidando por un momento el intenso dolor que punzaba su pecho.
El Espectro asintió gravemente, y tras un breve silencio, sentenció:
-Reúnete en la Ciudadela con Ganthet y Kyle, John. Necesitarán tu ayuda-.
-No me encuentro en las mejores condiciones para volar hasta allí, Hal... Y de todos modos... ¿Qué pasa con la flota?-.
El Espectro posó su mano abierta sobre el pecho del Green Lantern durante apenas unos instantes, añadiendo a continuación:
-Tus heridas han sanado. Y no tienes por qué preocuparte por estas naves: todos sus ocupantes están muertos. Han sufrido el mismo destino que los thanagarianos que invadieron la Ciudadela-.
-Pero Hal... –dijo John horrorizado. -¿Eres responsable de eso? ¿Tú los has matado?-.
-No me llames Hal. Hoy soy el Espíritu de la Venganza. Y no me detendré hasta que todos hayan pagado por sus pecados-.
-¿Pero quiénes son todos? Si lo que dices es cierto, ya has matado a miles de thanagarianos. ¡Has asesinado a sangre fría a toda su flota!-.
Los ojos del Espectro centellearon con un intenso fulgor esmeralda al contestar al Green Lantern:
-No es suficiente. La sangre de los Guardianes del Universo exige venganza, y yo voy a ofrecérsela. Voy a destruir Thanagar-.
Concluirá...
(1) Ver número anterior.
(2) Cosa que ya hizo el anillo en el número anterior.
(3) Se refiere a los miembros del Rectorado Prima de Oa que aún permanecen bajo su custodia.
(4) Kyle Rayner empleó todo el poder de Ión que poseía para reiniciar la Batería Central de Oa y resucitar a los Guardianes del Universo como niños; todo ello en Green Lantern v3 #150 USA, publicado por Planeta en el tomo Green Lantern: El Poder de Ión.
Título: Cierra y tira la llave
Escritor: Raúl Peribáñez
Portada: Garang76
Fecha de publicación: Octubre de 2009
El Alcaide Wolfe hacía su paseo rutinario por los pasillos de la prisión Iron Heigths. Las celdas estaban ocupadas por algunos de los villanos más peligrosos jamás conocidos, y a Wolfe le satisfacía saber que los tenía bien retenidos. Casi se podía decir que vivía por ellos, por verlos sufrir entre rejas. Pero esta noche iba a ser distinta: iba a liberar uno de sus presos.
Flash recorría a gran velocidad las calles de Keystone City. Le gustaba detenerse de vez en cuando para tomar un pequeño respiro, pero últimamente las cosas no estaban como para estarse quieto. El Imperio instaurado por el Presidente norteamericano Lex Luthor había dejado a los superhéroes como una amenaza. Evidentemente, los ciudadanos que siempre aplaudieron las acciones de Flash no iban a cambiar su opinión de un día para otro, pero aquellos que lo odiaban tenían ahora la excusa perfecta para ir contra él. Los pensamientos de Flash se vieron interrumpidos cuando recibió una llamada a través de los dispositivos que lleva como orejeras.
- Aquí me tienes, Hunter.


- ¡Te voy a masticar, Flash! –exclamó la bestia.
Imanol Amado ha sido durante varios años un habitual del foro “DC Cómics a Gritos”, que en 2005 inició su carrera como escritor de fan-fictions en Action Tales. Su principal aportación a la página fue la serie Supergirl, posteriormente rebautizada como Superwoman debido a la evolución que sufría su protagonista en el transcurso de la misma. Además, Imanol impulsó la creación de DC Cómics Presenta, en la que no sólo participó activamente como autor, sino que también actuó como coeditor, estableciendo las reglas que marcaron el tipo de historias que se publicarían en esta serie. Por otra parte, Imanol ha escrito junto a Jerónimo Thompson la saga “Utopía Perdida” en Flash, la cual cimentó, junto al Superman de Jose Luis Miranda y los Outsiders de Raúl Peribáñez, el posterior crossover Imperio.
Lamentablemente, Imanol parece haber concluido actualmente su participación en Action Tales, dejando sin final su historia protagonizada por Rayo Negro en DC Cómics Presenta, y su última saga en Superwoman.
OBRAS
1. Supergirl/Superwoman #1-11
2. DC Cómics Presenta #1 y 4
3. Flash #3-7
Título: ¡El ataque de los Hombres Halcón: Capítulo Cuarto
Escritor: Jerónimo Thompson
Portada: Roberto Cruz
Fecha de publicación: Octubre de 2009
¡Sangre! ¡Vísceras! ¡Y muertos! ¡¡Muchos muertos!! Después de la inesperada desaparición del planeta Rann, los acontecimientos se precipitan de forma dramática en este capítulo de ¡El Ataque de los Hombres Halcón!
En el episodio anterior… Mientras Kyle se dirige a la Ciudadela de los Guardianes acompañado por la doctora K’mele, Hawkman y Hawkwoman obligan al Decano de Seguridad Lídor a que les acompañe hasta la Puerta, y les ayude a destruir esta maquinaria de vital importancia en la campaña de expansión iniciada por Thanagar. Por otra parte, Sardath envía a John Stewart a Oa, también con el propósito de frustrar los planes de conquista thanagarianos, poco antes de activar su Rayo Omega: un poderoso artefacto que trasladará al planeta Rann hasta el otro extremo de la galaxia.
El piloto del caza thanagariano levantó los ojos del cuadro de mandos, alertado por la repentina sacudida que había sufrido su nave.
-Por los Siete Demonios... –murmuró incrédulo al comprobar que el diezmado grupo de rocketeers que había estado persiguiendo durante los últimos quince minutos, zigzagueando entre los edificios-aguja de un aceitoso suburbio de Rannagar, había desaparecido de su vista sin dejar rastro alguno. Al igual que todos los edificios-aguja. Y la ciudad-estado de Rannagar. Y el planeta Rann al completo.
Desplazándose de forma errática por el inesperado vacío del espacio, el piloto observó a través del cristal metalizado que cubría la parte frontal de su caza, a cientos de soldados alados retorciéndose a su alrededor bajo los efectos de la atmósfera cero; todos ellos miembros de los numerosos escuadrones que participaban en el exterminio de la población ranniana, y que ahora sentían impotentes cómo empezaba a hervir la sangre en sus venas (literalmente).
Los canales de comunicación que habían permitido coordinar el ataque conjunto de cazas y escuadrones de hombres halcón desde las naves nodriza que sobrevolaban el planeta, se vieron repentinamente saturados por una algarabía de gritos inconexos y exclamaciones cargadas de nerviosismo que exigían una explicación inmediata para aquella locura. ¿Acaso habían sido teleportados a otro punto estratégico? ¿Quién había autorizado aquel traslado? Todos los soldados que volaban libres, sin el equipamiento necesario para sobrevivir en el espacio, murieron pronto como consecuencia de su exposición al frío absoluto de –273 ºC, antes de que cualquiera de los cientos de miles de miembros de aquella flota tuviera la oportunidad de aventurar la más sencilla de las conjeturas.
El piloto del caza thanagariano reprogramó el ordenador de abordo para dirigirse inmediatamente hacia la nave nodriza más cercana, pero no tardó en darse cuenta de que ya no controlaba el rumbo de su nave, y que al igual que el resto de la flota invasora, caía sin remedio hacia la singularidad que había sustituido lo que hacía sólo unos instantes era el centro geométrico del planeta Rann: un punto de densidad infinita que rápidamente formó a su alrededor un agujero negro que devoró a toda la flota, e inició la absorción de las capas más superficiales de la estrella Alfa Centauri, arrancando de su corona solar lenguas de fuego de varios kilómetros de ancho que terminaron desapareciendo más allá de su horizonte de sucesos.
Todo ello a tan sólo 4,36 años luz de la Tierra.
-Detrás de ti, Lídor –susurró Carter Hall abriendo el acceso de la sala de control situada junto a la Puerta(1).
Con el rostro ligeramente crispado por la intensa ira que bullía en su interior, el Decano de Seguridad Lídor descendió por las estrechas escaleras que bajaban hasta el nivel inferior del Centro de Operaciones, seguido muy de cerca por Hawkman y Hawkwoman.
-Acompáñenme ahora hasta la Puerta... General Godan... Coronel Dekar...(2) –masculló el thanagariano de figura esquelética al reunirse con los cuatro soldados que les esperaban en el último peldaño(3).
-Excelente, Decano –respondió Shayera de forma distraída, mientras se cercioraba con un rápido vistazo de que no hubiese cambiado nada en el bullicioso Centro de Operaciones: efectivamente, el grupo de científicos responsable del correcto funcionamiento de la Puerta aún mantenía su ritmo frenético de trabajo, y nadie parecía sospechar que la nueva Rectora y su acompañante fueran en realidad agentes infiltrados de la disidencia thanagariana(4).
Flanqueados de nuevo por el cuarteto militar que les había sido asignado como escolta durante su visita, Hawkman y Hawkwoman siguieron al Decano de Seguridad hasta un pequeño orificio ovalado abierto en la base de una de las caras de la Puerta. El acceso apenas contaba con un metro y medio de altura, y no era posible determinar lo que había al otro lado, debido a la cegadora luz esmeralda emitida por las placas metálicas que revestían la superficie externa de aquella maquinaria.
Cubriendo sus ojos parcialmente con las manos, pasaron los tres al interior de la pirámide, mientras la escolta se situaba a ambos lados del orificio custodiando la entrada.
-Como podrán observar a continuación –empezó a recitar el Decano Lídor, retomando su papel de cicerone muy a su pesar, -la Puerta presenta un espacio hueco en su interior que permite...-.
El escuálido guía perdió repentinamente el hilo de su recién iniciado discurso al encontrarse allí dentro rodeado por una docena de soldados alados que parecían esperar su llegada. Y justo enfrente suya, a sólo un par de metros, reconoció con sorpresa la rechoncha figura del ex-Rector Karon Tev.
-Si no le importa, Lídor –dijo su antiguo superior mostrando una extraña sonrisa en su boca de labios gruesos, -a partir de este punto me encargaré yo de acompañar a nuestros invitados en su visita al complejo...-.
Hawkman se limitó a cruzar una rapidísima mirada con Shayera Hol antes de lanzar un golpe brutal contra la tráquea del escolta que se encontraba más próximo a ellos, haciéndose con una de las armas que colgaban de su cinto mientras éste caía muerto al suelo. Inmediatamente, Carter le pasó el arma a Hawkwoman, y utilizando al Decano de Seguridad como escudo humano, avanzó con celeridad hacia el ex-Rector Tev.
En respuesta a la violenta reacción de Hawkman, el escuadrón de soldados que que les rodeaba apuntó todo su armamento contra ellos, a la espera de que Karon Tev diera la orden de abrir fuego.
Shayera Hol aprovechó estos breves instantes de vacilación para descargar el contenido de su arma contra los otros tres soldados que les habían acompañado hasta allí, despejando así su vía de escape, aunque al mismo tiempo dudaba que Carter y ella tuvieran alguna oportunidad de salir del Centro de Operaciones. Aun eliminando el peligro inmediato que representaban aquellos hombres a sus espaldas, era sólo cuestión de segundos que sonaran las alarmas, y todos los equipos de seguridad del Rectorado XII se concentraran en aquella zona.
Mientras tanto, dos de los soldados que les habían estado aguardando en el interior de la Puerta se interpusieron entre Hawkman y un nervioso (aunque visiblemente excitado) Karon Tev, dispuestos a abatir al aturdido Decano de Seguridad si era necesario.
-¡No disparéis! –gritó Lídor con una voz inusualmente aguda.
-No disparéis –confirmó Karon Tev. –Queremos al terrestre vivo... ¡Pero matad a esa perra traidora! –añadió señalando a Hawkwoman.
Carter volvió rápidamente su cabeza hacia Shayera Hol, que en esos momentos se cubría parcialmente con el cadáver de uno de los escoltas caídos, al tiempo que comenzaba a disparar contra aquellos soldados que la estaban apuntando. Sin embargo, mientras que las descargas de Hawkwoman se dispersaban de forma inocua al entrar en contacto con los escudos energéticos que habían activado los thanagarianos a su alrededor, ella no tuvo tanta suerte cuando éstos respondieron a su ataque.
El cadáver del escolta thanagariano recibió la mayor parte de las descargas láser y proyectiles explosivos que dirigieron los hombres halcón contra Shayera. No obstante, una vez que sus pedazos volaron en todas las direcciones posibles, salpicando de sangre y pequeños trozos de carne las paredes y el suelo de la estancia, fue el cuerpo de Hawkwoman el que recibió toda la furia del embite thanagariano.
-¡No! –aulló Carter al asistir impotente al brutal asesinato de su compañera: antigua componente de la Liga de la Justicia y esposa de Katar Hol, cuya esencia formaba parte, en cierto modo, del alma de Hawkman(5).
Carter arrojó sobre el suelo al Decano de Seguridad Lídor, pero al tratar de llegar hasta los restos sin vida de Shayera, dos soldados alados cayeron sobre él con la intención de reducirlo: sin éxito. Hawkman estaba poseído por una sanguinaria furia demente, y sin apenas esfuerzo, rompió el cuello del primero que se interpuso en su camino, para rápidamente hacer impactar su puño izquierdo contra el pecho del segundo, partiéndole el esternón en varios pedazos.
Acto seguido, los restantes hombres dispararon sobre él suficientes descargas aturdidoras como para derribar a un gigante que triplicara su peso, pero apenas consiguieron frenarlo, y cuando cuatro de ellos trataron una vez más de reducirlo, dos resultaron muertos, y los otros dos necesitaron la ayuda de cuatro más para empezar a contener su ira desatada.
Tras diez minutos de lucha violenta y desesperada, Carter Hall terminó inconsciente sobre el suelo de aquella pequeña estancia con decenas de cortes y magulladuras por todo su cuerpo, y rodeado por los cadáveres de media docena más de thanagarianos.
-Sedadlo –ordenó el Rector Tev recuperando con cierto esfuerzo su estudiada calma. -Y enviadlo inmediatamente al Nivel 21. El laboratorio Beta 5 ya está preparado para recibir al terrestre e iniciar su estudio...-.
-¡Exijo una explicación para todo esto, Rector! –bramó el Decano de Seguridad Lídor, encogido hasta ese momento en el rincón más alejado de la pelea.
-No sea melodramático, Lídor –contestó Karon Tev con un ligero movimiento de mano. –El Alto Mor sabía desde hace semanas de la existencia de un pequeño grupo de disidentes que incluía a importantes miembros de la alta sociedad thanagariana, y que tenía como principal objetivo la destrucción de la Puerta...-.
-¿Lo sabía y no ha hecho nada al respecto?-.
-No me interrumpa, Decano. El Alto Mor sabe muchas cosas, y actúa cuando debe actuar. Según nuestros informes más recientes, Carter Hall, el terrestre que no conseguimos capturar en la desastrosa misión en Sol-3(6), se encontraba en Thanagar bajo el auspicio de este grupo rebelde, así que decidimos esperar hasta que surgiera la oportunidad de atraparlo sin ningún margen de error-.
-Pero no lo entiendo... ¿Por qué no han intervenido antes?-.
-No sea inocente, Lídor. Antes de actuar necesitábamos conocer la identidad de todos los insurgentes, para estar seguros de que ninguno de ellos pudiera escapar. Y así ha sido: hace apenas una hora, varios escuadrones militares arrestaron, y ejecutaron inmediatamente, a todos esos rebeldes. A excepción, claro está, de esta traidora –añadió señalando los restos de Shayera Hol con su barbilla casi oculta en la gruesa papada.
-Ah... –acertó a decir Lídor, aún confuso por lo ocurrido. -¿Y yo? ¿Por qué no he sido informado? ¿Por qué no capturaron a estos dos farsantes cuando llegaron al Rectorado?-.
-Aún no estábamos seguros de que tuvieran a algún otro agente infiltrado en este complejo, así que decidimos darles libertad de movimiento hasta que llegaran a la Puerta, su único objetivo aquí. Y en cuanto a usted... Bueno, pensé que sería mejor que actuara con naturalidad en el caso de que ellos le obligaran a acompañarles hasta aquí, como así ha sido. Supongo que no estará molesto por haber tenido la oportunidad de servir lealmente al Alto Mor, ¿verdad?-.
-No... Por supuesto que no... –balbució el Decano de Seguridad.
-Entonces no es momento de lamentarse, amigo Lídor. Las cosas no podrían ir mejor para nuestra causa: la disidencia thanagariana no es ya más que un recuerdo del pasado; hemos conseguido capturar al terrestre Carter Hall; y con el suministro inagotable de energía que nos proporciona Oa, la galaxia entera se inclinará ante nosotros en muy poco tiempo. ¡Thanagar ha triunfado!-.
Oculto en el seno de la formidable cola de un cometa que se desplazaba a 300 millones de kilómetros de distancia de Oa, John Stewart observó con estupor la imagen que le ofrecía su anillo de la flota thanagariana orbitando el planeta de los Guardianes del Universo. No cabía duda de que Sardath había acertado al identificar el origen de la fuente de energía que estaban utilizando las tropas de Thanagar para alimentar su nuevo sistema de teletransporte(7), pero... ¿Qué debía hacer ahora?
Al valorar sus opciones se dio cuenta de que éstas eran muy reducidas, y en cualquier caso, ninguna le convencía lo suficiente como para llevarla a cabo. Dirigirse a la Tierra para pedir la ayuda de la Liga de la Justicia, por ejemplo, le parecía un plan demasiado arriesgado: el tiempo corría en su contra, y era muy probable que cuando volvieran, los thanagarianos ya hubieran afianzado su posición en el planeta, y puesto en marcha, si no lo habían hecho ya, sus planes de ocupación interestelar. Quizá podrían recuperar Oa, pero para entonces muchos mundos y billones de vidas se habrían perdido ya.
Por otra parte, su anillo de poder le había informado de que Kyle se encontraba en el planeta junto a Ganthet y los Guardianes infantiles, y un retraso de sólo unas horas podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte de todos ellos.
¿Acaso podría enfrentarse él solo a toda una flota estelar y sobrevivir al intento? ¿Arriesgaría su vida en una empresa suicida destinada casi con toda seguridad al fracaso?
Mientras reflexionaba sobre la acción que debía emprender, las corrientes de polvo y gas ionizado generadas por el viento solar que llegaba desde la cercana Sto-Oa(8) se arremolinaban a su alrededor al entrar en contacto con el aura esmeralda que le permitía sobrevivir en aquel medio hostil. Un espectáculo cautivador que le mantuvo absorto durante varios minutos, recordando el tiempo que pasó en Rann, en el interior del Tanque(9): lo que allí sintió, y las decisiones que tomó al salir de él.
Finalmente, supo lo que debía hacer.
Por Oa, pensó John Stewart abandonando la cola del cometa a un cuarto de la velocidad de la luz. Por el universo.
La capitana Merkan Rad entró con paso firme en el gimnasio reconvertido en sala de control, donde un reducido grupo de técnicos dirigido por su sargento estudiaba atentamente una imagen holográfica de la Ciudadela de los Guardianes.
-¿Y bien? –preguntó al sargento.
El holograma, que reproducía hasta el último detalle la compleja estructura tridimensional de la Ciudadela en un uniforme color amarillo, mostraba también una pequeña esfera esmeralda que avanzaba lentamente a través de uno de los numerosos edificios abovedados que rodeaban la Plaza Central.
-El Green Lantern viene hacia aquí –afirmó el sargento con gravedad. –Evita cruzar las grandes avenidas y los espacios más abiertos, pero está claro que su ruta le lleva directamente hacia nosotros-.
-Era de esperar. Kyle Rayner nunca abandonaría este planeta sin haber intentado antes liberar a Ganthet y al resto de Guardianes... Y por supuesto, nunca antes de tratar de expulsarnos de Oa. Es un Green Lantern. Un héroe. Aunque todas las circunstancias estén en su contra, siempre mantendrá la estúpida esperanza de arreglar las cosas con la única ayuda de su anillo y un par de puñetazos –sonrió la capitana Rad con cinismo.
Entonces, uno de los técnicos desvió su atención del holograma de la Ciudadela para atender a un comunicado urgente remitido desde el mismísimo Gabitete de Guerra de Thanagar. Escuchó muy concentrado durante cerca de medio minuto, y seguidamente, con el rostro súbitamente pálido, solicitó permiso para dirigirse a su superiora:
-Capitana, me informan de que hemos perdido a la flota enviada a Rann-.
-¿Cómo? –exclamó la thanagariana volviéndose hacia el técnico.
-Aún no lo saben, pero... El planeta ya no existe, y en su lugar hay ahora un agujero negro que ha consumido parcialmente a la estrella Alfa Centauri, y a todos nuestros operativos-.
-¿Un agujero negro? ¿Salido de la nada?-.
Merkan Rad permaneció en silencio un instante, añadiendo después para sí:
-Sardath... Estoy segura de que esto ha sido obra suya...-.
-¿Y por qué destruiría ese loco su propio mundo? –preguntó el sargento sin entender lo que había ocurrido.
-Porque comprendió que nuestras tropas arrasarían Rann en cuestión de horas, y la desesperación ha debido convencerle de poner en marcha algún tipo de mecanismo capaz de convertir a todo el planeta en su arma más poderosa y definitiva. La única forma que ha encontrado ese viejo idiota de hacernos daño, aun a costa de su propia vida y la de toda su raza-.
-Lo cierto es que hemos perdido a gran parte de nuestras fuerzas en esta campaña... –se atrevió a apuntar el sargento.
-Tiene razón –asintió la capitana. –Y esta pérdida afectará sin duda al desarrollo de la fase cinco, que dará comienzo de forma inmediata. Sin embargo, a cambio hemos eliminado cualquier rastro que pudiera quedar de la única tecnología de teletransporte instantáneo capaz de hacernos frente en esta galaxia. Ha sido un gran sacrificio, no cabe duda, pero esas tropas han cumplido con su objetivo. Lo único que debemos hacer ahora es asegurar nuestra posición aquí, en Oa, y para ello es imprescindible capturar a Kyle Rayner, sargento. ¿Ha situado ya a sus hombres en el lugar acordado?-.
-Efectivamente, capitana: el escuadrón interceptará al Green Lantern en este túnel lateral –informó mientras señalaba con el dedo una estrecha línea amarilla en el holograma de la Ciudadela, -en aproximadamente cinco minutos-.
-Excelente… Sólo espero que el Alto Mor, y el comandante de nuestra flota, no tengan que arrepentirse de haberme negado el envío de más soldados a la Ciudadela…(10)-.
El escuadrón de hombres alados aguardaba pacientemente la llegada de Kyle Rayner dispuesto en varias oquedades laterales, apenas visibles en aquel túnel deficientemente iluminado.
Todos ellos mantenían activado su numeroso y variado armamento, preparados para la que seguramente sería la batalla de sus vidas. Un enfrentamiento con un Green Lantern, cuyo resultado bien podía marcar el éxito o fracaso de la campaña de expansión iniciada a nivel galáctico por Thanagar.
Los soldados no tuvieron que esperar mucho tiempo a su presa, que apenas un par de minutos después, anunció su llegada con un leve murmullo de pisadas que avanzaban rápidamente hacia ellos.
-¡No te muevas! –gritó uno de los thanagarianos mientras apuntaba su cañón de plasma hacia la figura semioculta, asegurándose previamente de que ya lo tenían rodeado.
-¿Qué es esto? –exclamó aquella silueta con una voz que no se correspondía con la de Kyle Rayer ni en género, ni edad. -¿Una emboscada? Oh, qué emocionante... –dijo la doctora K’mele con genuino entusiasmo.
Los miembros del escuadrón thanagariano mostraron un desconcierto en sus rostros parcialmente cubiertos por los cascos alados, que pronto se convirtió en ira desmedida al percatarse de lo que estaba ocurriendo. El soldado responsable de dirigir aquella operación activó enseguida el comunicador de su casco:
-¡Sargento! ¡Capitana Rad! ¡El Green Lantern nos ha engañado! ¡Ha enviado a un señuelo, pero él no está aquí!-.
Mientras el thanagariano vociferaba su frustración haciendo retumbar las paredes de aquel estrecho túnel lateral, la anciana nacida en Talkor abrió con rapidez su mano derecha, mostrando el anillo de poder de Kyle Rayner en la palma.
-Bueno... –susurró la doctora. –Yo ya he hecho mi parte: ahora es tu turno-.
-Iniciando maniobra de evasión –informó la característica voz impersonal del anillo mientras incluía a la talkoriana en una esfera de brillante energía esmeralda, antes de que el escuadrón de soldados pudiera hacer nada para evitarlo.
Acto seguido, la burbuja recién formada con la doctora K’mele en su interior se lanzó verticalmente hacia arriba, provocando una lluvia de escombros al desplazarse, que obligó a los thanagarianos a huir de allí de inmediato para no terminar sepultados bajo los enormes fragmentos de piedra y cristal que cayeron sobre ellos.
-Ganthet... –susurró el Green Lantern retirando la diadema que rodeaba la cabeza del Guardián. –Ganthet... Soy yo, Kyle. Tienes que despertar...-.
-Uh... –gruñó Ganthet mientras frotaba su amplia frente azul con una mano, tratando de aliviar el fuerte dolor de cabeza que le impedía pensar con claridad. -¿Kyle? ¿Qué ha pasado? Yo... ¡Los thanagarianos! –exclamó de repente abriendo los ojos de par en par, e incorporándose con cierto esfuerzo.
-Tranquilízate, Ganthet –dijo el Green Lantern sujetando sus hombros con firmeza. –Necesito que cobres fuerzas antes de...-.
-¡No hay tiempo para eso, Kyle! –gritó el otro con nerviosismo; y reparando en que los Guardianes infantiles se encontraban también allí, inconscientes sobre el suelo de aquella misma estancia, añadió con cierto temblor en la voz: -¿Cómo se encuentran?-.
-Bien... creo –contestó Kyle. –No tengo el anillo aquí conmigo para comprobar sus constantes vitales, pero parecen estar bien, y supongo que cuando les quitemos esas diademas...-.
-¿Y tu anillo de poder? Por la Llama Verde, tienes un aspecto horrible...-.
Kyle tenía la cara completamente hinchada por los golpes, y sangraba abundantemente por una brecha abierta en su ceja izquierda.
-Pues me siento aún peor, pero creo que Batman no perdió su tiempo cuando me adiestró en algunas técnicas de lucha cuerpo a cuerpo. Yo estoy mal, pero ellos... –dijo señalando hacia la puerta de acceso a la estancia, donde tres soldados thanagarianos permanecían sin sentido.
-¿Y el anillo? –volvió a preguntar Ganthet.
-No tardará mucho en llegar –respondió el Green Lantern. –Se lo dejé a la doctora K’mele para que distrajera a los halcones mientras yo venía a liberaros. Y ahora... Bueno, pienso que deberíamos llevar a los niños a un lugar seguro, y volver después para patear algunos culos thanagarianos, ¿no te parece?-.
-No, Kyle... No lo entiendes... –balbució el Guardián sacudiendo la cabeza. –Ellos los matarían antes de que pudiéramos hacer nada en su contra(11). Esta vez debemos rendirnos. Dejarles que tomen el control de Oa...-.
-¿Pero qué me estás contando, Ganthet? ¡No podemos permitir que Thanagar se adueñe de la Batería Central! ¡Eso sería...!-.
-¡Les matarán si no lo hacemos! –le interrumpió Ganthet fuera de sí. -¡Y no estoy dispuesto a perderles por segunda vez!(12)-.
La improvisada sala de control establecida por los thanagarianos en un gimnasio de la Ciudadela bullía con la agitación de los técnicos encargados de monitorizar la señal emitida por el anillo de Kyle Rayner, mientras el escuadrón enviado a interceptar al Green Lantern seguía transmitiendo sus comunicaciones:
-¡La mujer ha escapado! –gritaba uno de los soldados a través de su emisor.
-¡Estamos atrapados! –exclamaba otro. -¡Los escombros nos h...!-.
-¡Cortad esa transmisión! –vociferó Merkan Rad. -¡Y decidme inmediatamente hacia dónde se dirige el anillo!-.
El holograma de la Ciudadela de los Guardianes mostró con claridad a la pequeña esfera esmeralda que representaba al anillo de poder, elevándose en línea recta hasta colocarse por encima de los edificios más altos, y desplazándose posteriormente hacia otra sección más alejada del centro de la urbe.
-Estimando posible destino del objetivo... –se atrevió a decir en voz alta uno de los técnicos.
-¡Sargento!-.
-¿Sí, capitana?-.
-Consulte la base de datos del Rectorado Prima: quiero saber quién es esa mujer que lleva el anillo, y por qué no se me ha informado antes de su existencia. Y por encima de todo... ¡Quiero saber dónde está Kyle Rayn...!-.
-¡Capitana Rad! –gritó otro técnico. –Recibo una transmisión del comandante de la flota estelar: ¡Están siendo atacados! ¡Por un Green Lantern!-.
-Pero eso no es posible... –murmuró el sargento.
-¿Otro Green Lantern? ¿O se trata de...? –se preguntó Merkan Rad aturdida.
-¡Capitana! El anillo se dirige al sector noreste de la Ciudadela: ¡Va directamente hacia los Guardianes!-.
La oficial thanagariana permaneció callada durante unos segundos, con la mirada perdida entre las finas líneas de color amarillo que conformaban la estructura tridimensional del holograma.
-¿Capitana? –inquirió el sargento.
-Nuestra posición en Oa está viéndose comprometida, sargento. Debemos actuar rápido, antes de que perdamos por completo el control de este planeta -.
Merkan Rad sacó un pequeño artefacto gris metalizado de un bolsillo lateral de su uniforme. Por un instante, miró al grupo de técnicos, enfrascado en la determinación del punto de destino del anillo con la mayor precisión posible. Y miró también al sargento, que asentía brevemente para respaldar su decisión, cualquiera que ésta fuese.
Y entonces, activó el dispositivo.
A varios kilómetros de distancia, los campos de éstasis que rodeaban las nanopartículas de antimateria que corrían por las venas de los Guardianes infantiles se desvanecieron de forma simultánea, permitiendo que esta antimateria entrara en contacto con la materia de sus cuerpos. La detonación resultante destruyó una tercera parte de la Ciudadela, haciendo volar por los aires hasta el último de los edificios que allí se alzaba, en el fragor de una explosión que acabó con la vida de los Guardianes del Universo.
En la Tierra, en un templo oculto a los ojos de los mortales, perdido en los desiertos que se extienden al sur de Utah, el Espectro permanecía encogido sobre el suelo con el rostro oculto bajo la capucha de su manto. Cuando finalmente levantó la cabeza, sus ojos brillaban con el fulgor de un millar de soles, y sus labios pronunciaron una sola palabra:
-¡Venganza!-(13).
Continuará...
(1) La Puerta es el instrumento que permite a las fuerzas thanagarianas trasladarse de un lugar a otro del universo de forma instantánea.
(2) Identidades que han adoptado Carter Hall y Shayera Hol para infiltrarse en el Rectorado XII.
(3) Llevan esperando aquí desde hace dos números. ¿No te acordabas ya?
(4) Como ya se explicó en el número anterior.
(5) Si quieres saber más sobre la resurrección del Hawkman actual échale un vistazo a JSA #23-25 USA, publicado por Norma en el tomo nº5 de la serie: El Retorno de Hawkman.
(6) Como ya se contó en la saga “Utopía Perdida”, publicada en Flash #3-8.
(7) En Green Lantern #15.
(8) La estrella que ilumina el planeta Oa.
(9) Green Lantern #14.
(10) Como se contó en Green Lantern #14.
(11) Tal y como se contó en Green Lantern #13, los thanagarianos inyectaron a los Guardianes infantiles una disolución de nanopartículas de antimateria recubiertas por pequeños campos de éstasis, que si entran en contacto con la materia de sus cuerpos los desintegrará en el acto.
(12) Todos los Guardianes del Universo, salvo Ganthet, murieron en Green Lantern v3 #50 USA, publicado por Planeta dentro del tomo “Green Lantern: Amanecer y Ocaso”.
(13) ¿Te suena esta escena? Efectivamente, ya la leíste en Green Lantern #8. Si quieres recordarla en toda su extensión, te recomiendo que le eches un vistazo al final de ese número.